En un extremo de mi, se encuentra el dolor. 

No lo veo pero lo siento. 

No consigo dejar de sentirlo. 

No puedo evitar sufrir. 

No crece, pero no muere. 

Está lejos, pero está. 

Recorro largos pasillos, cruzo puertas, atravieso las calles, y en el  final, al otro 

lado de mi, se encuentra la herida. No sé muy bien cuando sucedió  ni quien la 

provocó pero creo que sangra de una manera descomunal.  Presiento que mi 

cabeza en algún momento se va a diluir y va a formar parte de ese  mar de 

sangre que debe ser mi otro extremo.  

Recuerdo. Cuando era chico, lo solía ver. Era suave, inmaculado.  Tenia la suerte de que me había tocado uno con arruga. Las arrugas  son pedazos de vida seca, expulsiones de una vida anterior. Era  grande, y yo sentía que tenía una vida nueva. A medida que me  fui alejando de mí mismo, sentía que ese símbolo de lo que había  sido y ya no quería ser, me acompañaba. Y se volvió cada vez más  inalcanzable, y yo cada vez más feliz porque se alejaba de mí. 

Hoy, alguien quito ese pedazo. No me atrevo a pensarme sin él. No  tengo valor. Quiero vivir en alguno de mis pasados, a pesar de que  todavía no ví lo nuevo, a pesar de que lo nuevo no haya sucedido.  Me da miedo la evolución. Pero mis escamas lo anuncian. Estoy  cambiando de color. La realidad es amarilla como el sol.