Carolina Sturla
Mimí contempla su imagen en el espejo. Está bastante bien. Asiente, le gusta lo que ve.
Aunque… quizás no tanto. Su nariz podría ser un poco más respingada. Prueba a ver cómo
se vería su nariz sujetándola con su dedo.
Sí, asiente, así se vería mejor.
Y su nariz ahora es un poco más respingada.
Se da vuelta y mira su cuerpo de espadas. Su cola podría estar un poco más parada. Se la
sujeta con las manos, más arriba, más arriba. Encuentra la forma que sería ideal. Un poco
más de relleno también le vendría bien.
Ahora, su cola es alta, redonda, torneada, como una gran manzana.
Sus tetas podrían también estar un poco más arriba -las sostiene- y ser más grandes -les
pone relleno-. Sí, ahora sí. Ahí está mejor.
¿Y su panza? Podría ser más chata. Mete la panza, se mira de perfil, eso es mejor.
¿Y sus brazos? Les sobra algo. Algo cuelga de más en la cara interna de sus brazos. No le
gusta. Se lo saca. Ahora quedan finitos, torneados, hermosos.
Ya casi está…
Aunque su pelo marrón… Es tan común, tan vulgar. Mejor le quedaría el rubio. Más rubio.
Más rubio. Sí, así, casi platinado, así está mejor.
Mimí se mira al espejo.
Está bastante bien.
Mucho mejor.
Asiente. Aprueba lo que ve.
Está lista para salir.
Mimí va a salir al mundo.
Pero antes de salir, se mira una última vez al espejo, para asegurarse de que esté todo en
orden. Se mira y un grito de horror. El reflejo muestra un chancho, un hermoso chancho
rosa de piel suave, parado en dos patas, con pelo largo y rubio, igual al de Mimí.
Mimí se acerca más al espejo, ve su reflejo más de cerca. Sí, hay un chancho rosa.
Mimí niega con la cabeza. No puede ser. Se restriega los ojos. Vuelve a mirar. El chancho
sigue ahí. Replica sus mismos movimientos. Cuando Mimí mueve un brazo, el chancho
mueve un brazo. Cuando Mimí sacude la cabeza, el Chancho sacude la cabeza. Mimí no cree
lo que ve.
Muy confundida, sale igual al mundo. Se pone su cartera y sale al mundo.
El chancho-reflejo también sale del espejo y la sigue. Sigue sus pasos, copia sus
movimientos. Podría ser su sombra.
Mimí, por momentos, se percata de que algo la sigue, pero cuando se da vuelta no hay nada:
el chancho siempre está detrás.
Mimí se frena ante una vidriera, mira con admiración los zapatos que están en ella. Entra al
negocio, se decide por unos zapatos de taco alto que están muy de moda. Se los pone. Sigue
caminando.
Ahora, detrás de ella hay dos chanchos, idénticos, llevan puestos los mismos zapatos, la
misma cartera que Mimí.
Mimí compra una pashmina, suave, de seda, se la pone. El viento la hace ondular en un
momento perfecto. Le queda espléndida.
Ahora, detrás de Mimí, hay tres chanchos que llevan la misma cartera, los mismos zapatos
de taco alto, la misma pashmina.
Los chanchos caminan detrás de Mimí, se despliegan como las guirnaldas de papel con
formas. Se multiplican. Cada vez son más. Mimí percibe algo extraño que la sigue cuando
camina, pero cada vez que se da vuelta, los chanchos están detrás. No logra verlos.
Mimí acelera el paso, camina tan rápido como sus tacos altos se lo permiten. Los
chanchos-guirnaldas la siguen, la copian.
Mimí corre, corre muy rápido.
La guirnalda de chanchos rubios se tensa, se corta.
Los chanchos se liberan, ya no están más sujetos.
Mimí recupera su paso. Ahora camina por la calle y se cruza con los chanchos liberados,
que llevan sus mismos zapatos, su misma cartera, su misma pashmina, y se miran, se
miran con aprobación, se saludan.
Mimí vuelve a casa exhausta. Se saca los zapatos de taco alto, la cartera, la pashimna,
queda desnuda. Va al espejo. Se mira. No hay reflejo. Mimí mira el espejo muy extrañada. Se
acerca más y más. No hay nada del otro lado. Mimí se acerca tanto tanto al espejo que entra
dentro de él. Ahora Mimí está del otro lado del espejo, atrapada ahí.
Del otro lado, en su casa, no queda nada.