Una mesita de luz y sobre ella, una bandeja plateada llena de agua en la que flota un barquito de papel blanco, que se refleja en el fondo espejado, duplicándose. Muy cerca de la mesita, casi pegada a ella, un altísimo ventilador de pie encendido, que gira su cabeza de izquierda a derecha en un recorrido de ciento ochenta grados, sin afectar en lo más mínimo al barquito, que permanece quieto. Comienza a lloviznar y luego a llover cada vez más copiosamente. El agua va acumulándose en el suelo y ascendiendo su nivel hasta alcanzar la mesita de luz, la bandeja y el ventilador, sin modificar nada, más que el hecho de que ahora la misma escena está sumergida en el agua. El barquito en su bandeja, quieto y el ventilador girando ahora bajo el agua. No se producen olas. Nada se mueve, excepto el ventilador. Una mujer de larga cabellera entra en escena andando en bicicleta bajo el agua y comienza a girar en círculos alrededor de la mesita y el ventilador, mientras ríe a carcajadas, sin emitir sonido. Lo hace echando la cabeza hacia atrás, levantando el mentón y abriendo mucho la boca. En cierto momento suelta las manos del manubrio y continúa andando en el mismo círculo, moviendo los brazos como si nadara estilo pecho y luego se recoge la larga cabellera formando una colita rígida que levanta y deja en posición vertical, luciendo ahora como si tuviera sobre la cabeza una manija. Una soga con un ancla en el extremo desciende. De la punta del ancla emerge una mano que intenta tomar el pelo-manija cada vez que la mujer pasa, como si fuera la sortija de una calesita. En cierto momento es atrapada y sin dejar de reírse, es alzada por el ancla-mano, que la desprende de la bicicleta y la eleva, mientras ella continúa sentada en la misma posición, riendo y pedaleando. Sólo quedan arriba sus piernas, siempre pedaleando. La bicicleta continúa girando sola, en el mismo círculo. El ventilador también. Por delante de todo, las gigantescas patas de un elefante cruzan la escena a paso lento hasta retirarse.