ACTO I 

Oscuridad plena. Sonidos metálicos y un persistente silbido de fuga de gas  acompañan la lobreguez del espacio. Un olor mentolado envuelve la sala. Irrumpe  el chirrido de una puerta metálica al abrirse; el movimiento se intuye lento y  pesado para terminar en un fuerte golpe. Aparece una luz blanca; y luego, dentro  de ella, una luz azul. 

La luz azul salta fuera de la luz blanca (un efecto sonoro acompaña las acciones  de la luz azul; si esta se desplaza se produce un sonido como el que generan los  pies al caminar; si realiza un movimiento oblicuo se puede interpretar como un  salto y se produce el sonido de un cuerpo que cae, etc.). La luz blanca desaparece.  La luz azul percibe la llegada de una mujer (ella va con un vestido rosado, cartera  y tacos); se esconde en medio del escenario; se deja ver solo como fragmento;  espía a la mujer; se vuelve a esconder; se deja ver solo a la mitad, un cuarto, tres  cuartos, etc.  

La mujer camina de manera sensual. 

La luz azul deja de esconderse y avanza con “pisada” firme; se coloca a un costado  de la mujer, luego va por detrás de ella hacia el otro costado. La mujer se muestra  incómoda, espiada; mira para el lado opuesto al de la luz azul. La luz azul avanza  un poco y se coloca sobre el pie de la mujer. La mujer siente a la luz, y se mueve  para no tener contacto con ella. La luz, nuevamente se coloca sobre el pie de la  mujer, pero esta vez se amplía llegando hasta la pierna. La mujer se siente vejada  y sale del perímetro de la luz impertinente; la mira y la abofetea (se escucha el  sonido). La luz azul crece y abarca a toda la mujer. La mujer muestra resistencia;  quiere salir de ese halo; lucha; golpea (se escuchan los golpes y tras cada golpe un  quejido); los golpes son cada vez más frenéticos. La luz azul decrece ante la  resistencia de la mujer hasta convertirse en un pequeño halo azul en medio de las  manos de la fémina; ella abre su cartera y mete la luz azul dentro del bolso, luego  lo cierra.  

El viento sopla y a cada paso de la mujer el espacio se torna blanco, glacial. La  mujer tirita, y su cartera resplandece con una luz azul. La mujer se encuentra en 

medio de la nieve. Un inuit se acerca; la mujer lo mira con extrañeza. El inuit  señala la cartera. La mujer mira su accesorio; finalmente, y a tanta insistencia del pasante, lo abre. El inuit extrae una muy delgada tela roja (es transparente); la  jala sin interrupción. El largo es enorme; ya son varios metros y aún hay más. Se  forma un montículo con toda la tela extraída. Cuando el inuit logra sacar toda la  tela; una luz azul ilumina desde dentro del bolso; la mujer lo cierra rápidamente.  El inuit se va. La mujer mira al individuo alejándose, luego mira la tela roja; se  sienta en el suelo y trata de encontrar la punta; poco a poco se va cubriendo con  la transparencia roja; solo se ve el movimiento de sus brazos o cabeza. La tela la  absorbe por completo; y la tela misma es absorbida. Todo se oscurece y desde el  punto por donde desapareció la mujer y la tela surge un halo de luz azul que va  creciendo hasta llenar todo el escenario.  

ACTO II 

Luz azul 

Dos hombres vestidos de terno y con sombrero retroceden. Por el lado contrario  dos hombres más, con la misma indumentaria, se desplazan de la misma forma.  Otros cuatro hombres aparecen de distintos lugares; luego ocho, pero esta vez la  mitad son hombres y la otra, mujeres. Todos retroceden. Se detienen con una  pierna levantada como si estuviesen por dar un paso más; hacen un giro lento, y  ya estando de frente comienzan a tocarse los bolsillos; se tocan la ropa, como  buscando algo; se palpan, se observan las corbatas, los sombreros; se fijan en las  otras personas y comienzan a tocarlas; buscan algo en ellas; algunos cargan a otros  (los que son cargados se quedan como estatuas); algunos se van, otros se quedan;  comienzan a sacarse los sacos, las corbatas, las camisas, los pantalones; tanto  hombres como mujeres se encuentran despojados de los ternos que traían puestos.  Debajo del traje inicial queda otra prenda (un vestido, un jean, un short, una  minifalda, un polo, etc.). Todos se miran, y de manera convulsiva tiran de la  prenda del otro, con la finalidad de despojarlos de su nueva vestimenta. Repiten  esta acción dos o tres veces. 

Finalmente, todas las personas quedan en ropa interior; cogen las prendas del  suelo, las juntan y las enlazan hasta formar dos seres; un Ser Femenino (SF) y otro  Masculino (SM). Ambos seres caminan separados. El SF mira al SM, se acerca. El SM  voltea para verla. Ambos seres conversan a través de movimientos y de sonidos  inarticulados. El SM le dice al SF que le gusta mucho su sonrisa. El SF sonríe y le  responde con el mismo comentario. El SM le dice lo mucho que le agrada estar con  ella, y el SF le dice que a ella también le agrada su compañía. El SM le dice a su  acompañante que hace mucho que no se sentía así, y el SF se ruboriza, luego se 

entristece. El SM le tiende la mano y ambos caminan lentamente y luego realizando  movimientos ondulantes; se abrazan y bailan; se elevan; en el aire extienden sus  brazos y vuelan, siempre agarrados de la mano. El SM sopla y muchas burbujas  llenan el espacio. Ambos seres descienden; se miran y se besan, luego se abrazan  fuertemente. Ambos quieren avanzar, pero el SM intenta ir por la derecha y el SF  por la izquierda; cada uno avanza llevando de la mano a su pareja, pero luego el  otro Ser replica y avanza hacia el lado contrario. El SM carga al SF y va en la  dirección que él prefiere, pero el SF lo detiene; se libera de los brazos de su  acompañante, y lo lleva a tirones hacia el lado opuesto. Las idas y venidas se  reiteran, pero cada vez de manera más imperativa; y en cada tirón de la pareja va  cayendo una prenda de las que constituyen su ser; destruyendo la corporalidad del  otro; hasta quedar solo una ruma de ropa maltrecha.  

El viento vuelve a soplar llevándose todas las prendas en una vorágine. La luz azul  desaparece. 

ACTO III 

Un hombre va tipeando sobre un escritorio en el que hay varias rumas de papel. El  escritorio se desplaza realizando un ligero vaivén, como si estuviera en altamar.  El hombre percute una máquina de escribir de la década de los 50 que irradia una  ligera luz azul; su atención se reparte entre el tipeo y las pilas de hojas que lo  rodean; procura que los objetos que están sobre el escritorio no caigan fuera de  él. El escritorio crece hasta convertirse en una torre; el vaivén continúa, pero con  mayor inclinación para cada lado. Los papeles están a punto de caer al vacío, el  hombre logra sujetarlos, pero finalmente una de las rumas de papel cae, estos no  vuelan, caen como si fueran un enorme pliego extendido. 

La mujer del vestido rosado va corriendo (una luz azul ilumina la parte baja del  escritorio; la luz azul irá creciendo conforme se vayan dando los próximos  sucesos). Detrás de la mujer, un extraño ser, cuya materialidad está compuesta  de varios seres humanos, intenta alcanzarla; es un ser multiforme, con muchos  brazos, piernas y cabezas; va mutando. El hombre observa con sumo interés la  irrupción de la mujer perseguida por el extraño ser. Por el otro extremo una nueva  masa de seres humanos, de similares características que la anterior, avanza para  acorralar a la víctima. La mujer retrocede; observa el pliego de papel que cuelga  de la torre en la que se ha convertido el escritorio y sube por él como si fuera una  escalera. Los extraños seres se acercan, mutando constantemente su forma. Con  mucha dificultad, la mujer logra subir hasta la cima del escritorio; ahí se encuentra 

el hombre; expectante y ansioso; este la ayuda y ella se sienta sobre el inmenso  mueble. Los dos extraños seres se acercan hasta fusionarse; aumentando su  estatura y las posibilidades de atrapar a la mujer. Ella trata de defenderse con uno  de sus zapatos y lanzando los objetos que encuentra en el escritorio. El hombre se  encuentra exaltado; observa lo que pasa; sujeta a la mujer para que no se caiga,  pero vuelve a sentarse para escribir sin soltar a la mujer. Cada vez escribe de  manera más furibunda. La enorme masa logra alcanzar el escritorio. La mujer se  para encima del mueble y con zapato en mano trata de golpear a su perseguidor.  El hombre no cesa de escribir; lo hace con una sola mano, pues con la otra tiene  asido el tobillo de la fémina; a pesar de la dificultad tipea más eufóricamente  provocando que la máquina de escribir eche humo. El extraño ser alcanza la cima  del escritorio; y ante el asombro del hombre levanta la máquina en la que  furibundamente tipeaba; la tritura; también coge a la mujer, quien aterrorizada  trata de liberarse sin poder lograrlo. La mujer fluye en medio de la corporalidad  del enorme extraño ser. El hombre, desesperado, ve el polvo de la máquina  pulverizada, y cómo las hojas que estaban en el escritorio se pierden en el vacío. 

La mujer, ya sin conciencia, es arrastrada por la extraña enormidad que va  retrocediendo y dividiéndose para desaparecer. El escritorio decrece hasta llegar  a su altura normal (la luz azul desaparece). El inuit aparece; levanta a la mujer  inerte y se va con ella. El hombre, extremadamente exhausto, observa la salida de  ambos personajes. 

EPÍLOGO 

Oscuridad plena. Se enciende una lámpara que deja ver a un hombre sentado en  un escritorio. En el escritorio hay una máquina de escribir de la década de los 50;  varias rumas de papel y una cafetera eléctrica. La cafetera eléctrica comienza a  sonar; el hombre abre con mucha dificultad un cajón metálico, lo golpea varias  veces para lograr su cometido; saca de él unas hojas blancas, luego lo cierra  fuertemente. La cafetera eléctrica sigue sonando; el hombre la apaga; se sirve un  café; se sube con la silla sobre el escritorio, y se hunde en él lentamente, mientras  bebe apaciblemente su taza de café.