Abrecierra, abrecierra, abrecierra, sigo blanco. Otra vez, abrecierra, abrecierra… blanco.
80 veces más abrecierra, blanco que continúa, eterno blanco enloquecedor, resplandor profundo y vacío.
Ahora solo abre… … …
¡Me abre! Deja mi virgen blanqueidad expuesta, desnuda, lisa y preparada para ser conquistada. Tiemblo, me conmuevo, por un momento deseo volver al
repliegue. Pero sigo así, abierto, entregado, convexo. El aire caliente de la duda me recorre.
¡Por favor, no vuelvas a cerrarme limpio, inmaculado!
Estoy abierto. ¡Continúo abierto! Estoy abierto. Estoy abierto.
Desesperado logro parir un espasmo que agita tenuemente mi vasto continente iluminado y pulcro. Varios espasmos me ocurren. Me ofrezco en cada uno de ellos pero nieve, leche y ¡nada!
Nada, nada, nada, nada, nada y de pronto, me inundo, me inunda. Me lleno de rayaduras furiosas que lastiman. Se hunden en mi carne blanca, ya no virgen nunca, ya no pura. Manchas y mas manchas vertidas en un orden que se me escapa. Sigue ahora un estrujamiento desesperado, y más machas, mas rayas como rayos que vociferan sentidos.
Estoy abierto, continúo abierto, sintiendo el dolor por el blanco arrasado. El daño se ha extendido largamente por mi antiguo desierto resplandeciente. Las manchas que rajan y hieren, me gritan mensajes y aturden mi naturaleza.
Exhausto, estoy. Abatido, casi arrepentido y explotado por una sensación que añoré desde el origen.
Cierra! Estoy cerrado. Descanso. Me vuelvo cavidad oscura por un tiempo y entonces me sumerjo en los cientos de dolores que me habitan. Los conozco y los reconozco. Los numero y los ordeno. Los clasifico y se comienza a erguir
adentro una idea. Un hallazgo asombroso, una revelación que cambia todo para siempre, y me acerca a la posibilidad de comprender el orden del dolor, de las zanjas y de las manchas que contengo