Frente de negocio a la calle. La persiana de rombos metálicos va ascendiendo  lentamente y descubriendo la vidriera con tres maniquíes masculinos y tres  femeninos. Todos lucen ropa de casamiento. Mucho tul blanco y smoking negro. Detrás de un alto y muy angosto mostrador, sentado en un banco de madera, un  hombre anciano, rapado, sosteniendo con sus labios un habano casi concluido que  ya comienza a quemarle el tupido bigote blanco amarillento. Viste ropa militar. Una fila interminable de niños, vestidos de soldados y con casco, van saliendo del  fondo hacia el frente exterior del negocio, con paso marcial, piernas y brazos de  maniquíes en lugar de fusiles. 

Se oye un disparo. El anciano gira su cabeza trescientos sesenta grados, varias  veces, ida y vuelta, buscando con los ojos el origen del disparo, pero enseguida  vuelve a su quietud. 

Niños soldados continúan desfilando hacia afuera del local, siempre con sus fusiles  de piernas o brazos de maniquíes. 

Se oye otro disparo e inmediatamente un segundo. Un maniquí femenino tiene un  movimiento brusco hacia delante, pero vuelve a su lugar, tambaleándose un poco.  A la altura de su hombro derecho, el tul comienza a teñirse de rojo y la mancha  va cubriendo cada vez más superficie. 

El anciano sigue sentado en su banco. El habano se ha consumido y el bigote tiene  un semicírculo marrón agujereado. 

Ahora los niños soldados se detienen un instante al pasar junto al anciano, hacen  la venia y continúan su camino a paso marcial. 

Se oyen varios disparos. El anciano vuelve a girar su cabeza trescientos sesenta  grados hacia ambos lados, varias veces, ida y vuelta, regresando luego a su quietud  y masticando lo que quedaba del habano, para luego escupirlo. 

Los otros dos maniquíes femeninos son también impactados por la espalda. Uno a  la altura de la rodilla derecha, por donde la mancha roja comienza a teñir el tul  rosado. El otro a la altura del cuello, lo que provoca que no pueda sostenerse en  pie y se desmorone, quedando acostado, con un brazo estirado debajo de la  cabeza, apuntando en dirección a la fila de niños soldados. Mientras su vestido se  tiñe más rápidamente que los otros, vemos sus labios que apenas pueden moverse  y llega a murmurar: ¡Hijo! Los niños soldados continúan desfilando hacia afuera del local, siempre con sus  fusiles de piernas o brazos de maniquíes.