Sujeta con su hilo imperceptible hace péndulo mientras observa a su presa. Salta sobre la cuna. El bebé duerme en el silencio de la tarde. Camina sobre sus pies desnudos, linda piel para morder. Grito de la madre. Grito del bebé, que ahora se pone rojo. La madre se saca la chinela, la sujeta de modo amenazante, balbucea algo que no se llega a comprender. La cosa peluda sube sobre la panza del angelito con la mirada fija en la madre y la boca bien abierta. En un veloz zurdazo, la chinela choca el cuerpecito del arácnido que vuela por los aires. Da un giro de trescientos sesenta grados y vuelve a caer adentro de la cuna, arriba del Fisher Price de seis patas, con ojos giratorios y sonrisa.
La madre manotea el peluche y lo estrola contra la pared. La cosa empieza a chillar como un motor. Del peluche suena una melodía bien conocida y se oyen los gritos del vástago que se pone morado. La cosa crece, sus patas cada vez más largas, el sonido cada vez más fuerte. Gira, corretea por la habitación, se detiene unos segundos y teje veloz, reiterativa…
Los verdes de la habitación se vuelven opacos. Un tejido en la ventana, en el móvil de avioncito, en la cajonera, sobre óleo calcáreo y en la colección de autitos. La madre observa con los ojos de las avalanchas que arrasan los pueblos debajo de las montañas. Abraza cada vez más fuerte al niño que se pone azul:
Madre: Hijo mío te prometo que nos vamos a ir a vivir al fin del mundo, en los lugares fríos las arañas no resisten.
El bebito ya no llora.