Así es la calma.
Un día de sol. El silencio del mar. Una playa extensa, casi vacía.
El tiempo cae en el reloj de arena.
Una familia juega, armando un castillo de arena. Él tiene cincuenta años. Esta arrodillado. Trabaja intensamente en la colocación de
las torres que superan los 3 mts de altura. Ella parece de sesenta. Camina con paso agotado arrastrando un container de caracoles para decorar el muro. Su hijo, un esqueleto de niño, los observa
desde el interior del castillo mientras grita: – ¡Más alto! -.
Una mujer hermosa camina pisando sensualmente la arena. Desfila por una pasarela imaginaria. Se mueve meneando las caderas. La imagen se desenfoca con el calor que sale del suelo. Saca un pote de crema que guarda bajo su sombrero de paja y se embadurna. Sus pies se prenden fuego. Corre hasta llegar a la orilla y mira el
horizonte. Una pequeña nube en el cielo despejado.
Turistas japoneses se sacan una selfie con la cara llena de arena. Los tres ven como salió, se ríen. Se revuelcan en el piso como milanesas, y se sacan otra foto. Se ríen, se revuelcan en el piso como milanesas, y se sacan otra foto. Y otra, y otra.
Una palmera que crece en la arena. Doblada, deforme y preciosa. Sus hojas verdes se expanden, quietas, detenidas, una imagen en pausa. Sonido de brisa. Movimiento lento e inquietante de las hojas.
Una mano tomando sol, apoyada en la arena. Aprieta lentamente sus falanges.
Muchos granos se deslizan entre los dedos y al abrir la palma otros miles quedan. Como minúsculas estrellas en un cielo epidérmico. Alguien se acerca y los ve a través de los cristales de unos lentes de sol. Los granos vibran.
Un molusco se entierra en la arena.
Un cangrejo corre por la arena.
La sombra de cuatrocientos pájaros avanza por la arena.
Fundido a negro provocado por las nubes del cielo.
Un rugido amplificado llega desde el horizonte.
El tiempo en el reloj de arena se detiene
Una ola inmensa avanza desde el horizonte en cámara lenta y borra todo.
Imagen blanca que lo abarca todo.