En un momento del día me vi encerrada dentro de un frasquito de cristal como una muñeca de porcelana. Puedo observar todo aquello a lo que jamás le preste atención, las cosas pequeñas ya no lo eran, Alrededor del frasco un ejército de hormigas daba una vuelta como acechándome… ya no se ven tan inofensivas. Puedo escuchar y sentir el vibrar de su paso, desde aquí dentro todo se escucha diferente.
Mis muñecas me parecen monstruos grandes y rubios con exageradas sonrisas, pareciera que si me muevo de lugar mientras miro por el vidrio se les va desfigurando el rostro…
Las hormigas siguen dando su paso, a la par George y leo siguen dando vueltas corriendo en mi habitación, saltan sobre mi cama, sobre mi campera favorita… siempre quise viajar en perro, ahora que soy pequeña quizá sea el momento.
Me muevo poco a poco dentro del frasco, me balanceo, quiero salir, no alcanzo la tapa. El balanceo es más intenso, pierdo el control, el frasco cae, yo también, le doy vuelta a la tapita y logro abrir, quedo al borde del frasco muy cerca del ejercito de hormigas, puedo ver sus grandes tenazas… Ellas nunca se deforman la fila, nunca abandonan el camino, nunca paran, van una tras de otra ¿Cómo voy a pasar? Debo ser astuta, brincar muy rápido para que no me alcancen. Cierro los ojos y corro, brinco la barrera de hormigas con mucha fuerza como si no existiera un mañana, al llegar al borde de la mesa me arrojo al lomo de George. Caigo y me sujeto de sus risos blancos, intento subir a su copete y George se rasca, estoy a punto de caer, logro subir, tomo el control de mi vehículo canino, salimos de la habitación y llegamos al jardín, George se sacude otra vez, no dejo de moverme, no me suelto, logro que avance… a George la da sed y corre al balde con agua… trato de detenerlo, es imposible, me aferro a George pero inevitablemente caigo al agua… recuerdo que no sé nadar… despierto…