JAVIER GARCÍA

Solíamos estar todas juntas, aunque un poco apretadas porque el espacio de la bolsa era pequeño; cada una –según su tamaño- ocupaba un determinado espacio, pero estábamos todas juntas. Así nos gustaba. Allí adentro no corríamos ningún riesgo; todo era tranquilo, silencioso y quieto. Nada hacía entrar la luz ni el peligro. Nosotras somos negras como la oscuridad de la bolsa donde nos metieron.

Sin darnos cuenta, de repente, esa calma se convirtió en un infierno. Unos movimientos bruscos cual terremoto, hicieron que nos empujáramos unas contra otras. De pronto estalló la bolsa y entró la luz; y con ella, dos manos que nos sacaron de nuestro lugar y nos tiraron en una superficie fría, sucia, con techo de rejas negras y paredes de cemento. Allí nos separaron a las más grandes en un costado, a las más pequeñas en otro y muchas de nosotras quedaron en la bolsa, sin saber qué estaba pasando.

Yo no era ni tan grande, ni tan pequeña, pero me habían sacado de la bolsa y me tiraron en el centro de ese lugar frío y sucio. Me di cuenta que al haber sido tirada en ese lugar había dejado una huella, una marca, una mancha negra, cual sangre derramada de esa raspadura que me había generado la caída. No quería moverme, no sabía qué estaba sucediendo, todo me daba miedo. Quería volver a la bolsa, a mi lugar, con las demás.

Otra vez las manos, pero esta vez no vienen solas. Dos ojos de antorchas, con sus respectivas córneas inflamables y sus pupilas de pólvora, se me acercaron y empecé a sentir que al mirarme fijo se encendían. Con su boca de fuelle tomaba y expulsaba aire con el que aplicaba la fuerza y la presión necesarias para hacerme arder. Primero sentí y después entendí. Y volví a sentir y no entendí. No entendí, no supe, sentí.

Quería volver a la bolsa, a mi lugar, con las demás. Su aire y su proximidad me generaban pánico y empecé a sentir el calor de su aire cáustico que me quemó las entrañas y el alma. No quería sentir esa fuerza, ese ardor y su penetración flamígera.

¿Dónde estaban cuando hicieron una hoguera de mí? Ese fuego crecía cada vez más y ninguna otra mano venía a sacarme de ahí, dejaron que me convirtiera en brasas, en nada. ¿Dónde estaban cuando hicieron una hoguera de mí? Ya estaba carbonizada en esa pocilga de cemento con techos de rejas negras donde me separaron, me tiraron y me incendiaron. Nunca más volví a ser quien era. ¿Dónde estaban cuando hicieron una hoguera de mí?