Lucía Delgado
Un escenario vacío. En su centro, una mesa negra donde descansa una pequeña caja de metal gris, un poco oxidada. Le falta la tapa. Una luz cenital tenue la ilumina.
De su interior sale un sonido que se mueve de un lado al otro de la caja. No se detiene. Suena como un papel o una mano deslizándose por el piso de chapa. Se le suma un susurro constante que acompaña el movimiento. Es una voz femenina. Hace pausas cada tanto. Se le entienden algunas palabras que resuenan. Juana, dijeron, hicieron, llamaron, usaron América, enterraron, nombraron… El susurro se vuelve una voz contundente. Su volumen va en ascenso.
Juana.
A un papel me pasaron.
Tantas manos me han tocado.
Me humillaron, me replicaron.
Mil copias de mi crearon.
El sonido de fondo continúa. La voz hace un silencio breve, luego retoma con más fuerza.
Mis mil cuerpos apilados,
como bloques bien formados.
La oscuridad ya era costumbre.
Luego, un cambio, incertidumbre.
Se apaga la luz. El sonido de fondo cambia. Ahora suena como hojas que se arrugan. La voz continúa más fuerte y clara.
De pronto, el gas nos inundó,
todos mis cuerpos abrazó.
Un golpe y un fuerte estruendo,
ruido sordo, desconcierto.
Se enciende la luz con gran intensidad. El ruido a papel arrugado se hace más intenso, compite con la voz. Habla gritando.
¡Juana! ¡Juana!
Ya no me escucho, ya no las siento.
Mis mil copias ahora en el viento.
La luz intensa que me encandila.
Cayendo floto, miro hacia arriba.
La luz se atenúa. El ruido de fondo desaparece. La voz retoma el relato susurrando, como si no quisiera que la escuchen.
La mano grande roza mi cara.
Luego me estruja sin decir nada.
El viento sopla por la rendija.
Su pulso inquieto lo precipita.
Comienzan a sentirse golpes contra las paredes de la caja. La luz titila. Llega a apagarse por pequeños momentos. La voz agitada y nerviosa, retoma su parlamento.
Juegos de luces, la velocidad,
nos desplazamos por la gran ciudad.
Las manchas rojas cubren mi cuerpo.
Poco a poco se detiene el tiempo.
Se detienen los golpes dentro de la caja. El silencio cubre el escenario. La luz tenue, como al inicio, se vuelve estable. Nuevamente, retoma la voz, pero esta vez el volumen va decreciendo.
Ya no se qué digo ni lo que quiero.
El dolor en papel se ha vuelto eterno.
Pasa el tiempo y sin más movimiento
me dejan en este cuarto viejo.
Los recuerdos me ahogan en todo momento,
pero ahora más fuerte porque sé que es eterno.
La higuera, el pozo, la hora, despecho,
Estío, la sed, el ruiseñor azul de mi entresueño.