Caricia de la última brisa del mundo.  

Cobardía de genios en guerra.  

Se despiden el olfato, el alma entrenada, el pelo en la piel. 

Potencias bajas, victorias de papel. 

Acuden los cuerpos más blancos, el tacto mentira, el yodo de miel. Las cadenas evolutivas, se ciñen. 

Electrodos de madrugada, sin lugar para la buena fe. 

A veces se extraña la calle y el mal comer. 

Cajita de muerto hecha de instrumental científico, medímetros por  doquier. 

Orejas arriba y la paz abajo, más abajo. 

5:30 am 

La mirada tiende su último objetivo aparentemente vivo, el de quien  no puede sostener su honor. 

Una vez fotografiado, el jadeo se acelera, y la cajita se va sintiendo  chica. 

El tiempo se alenta, se hace goma, esto se estira y aquello se  

encoge. Alrededor, el aire y sus verdugos, adentro la vida, adentro  el latido.  

En un recuento de la humanidad, la cápsula y el pacto se sellan,  

listos todos para ver partir al compañero de viaje. 

Pase de lista, transmisor activado, unidad pre-programada  

encendida, todos los sentidos de sus máquinas recibiendo señal. 

Como clavadista en el borde, la misión comienza a hacer vibrar. 

Los números rigen al poder, gracias a ellos, por hacer esto posible. Es la cuenta regresiva, y ya todos saben lo que va a pasar, todos los  que saben mirar. 

Temblor voraz, calor calor, adentro la vida, no puede girar, adentro  el latido, que en el estrecho cerco no puede dar marcha atrás. 

El despegue es tan violento que estruja el corazón de todos,  

especialmente de los que no navegan. 

Y comienza… 

La especie ofensiva se va haciendo pequeña, mientras que para  

ellos, esto es algo grande. Entre las nubes de gris, se dejan ver los  rostros diminutos de quien compartiera esta sensación. Seríamos  los primeros, pero no los últimos. Las nubes se decoloran y sube al  máximo la sinfonía industrial. Aceleración de entrañas, viaje a otro  momento y a otro lugar… 

En el recuerdo, están los últimos niños, el correr y el gritar, los  

iguales, el callar. 

Al regreso de aquello, todo es negro, en el disparo del deseo  

espeso, se es la bala, y el arma abajo, más abajo.  

Esto no para, calor calor. El frío es un deseo y el agua es un olor.  

Cesa el paso de violencia, más no el del corazón, que ya llegó  

mucho más allá, a donde sólo se puede soñar. 

Visiones cósmicas, que los de abajo no dejan de envidiar. El mar de negro no tiene fin, y las esferas gigantes encarretan la paz perdida. Que yo sea la primera, es algo que no puede pensar, por qué no lo  sabe. 

Aquí no juegan P ni M, aquí siempre sale el Sol, aquí los puntos  brillan, aquí lo extraño soy yo.  

Una gran pelota genera recelo, serán también ganas de regresar.  Sin saberlo, la vida adentro ha logrado lo que nadie. Estar afuera, y  navegar sin más. 

Primera vuelta deshinibida, segunda vuelta por explorar. Para la tercera vuelta ya pueden reconocerse momentos de la vuelta  anterior. La pelota del recelo queda abajo, muy abajo. Afuera es un lugar maravilloso, de calidad divina y paisaje superior.  Adentro, el espacio aprieta, y los verdugos del aire van cumpliendo  su misión. 

Tercera vuelta, seis horas de la más increíble aventura se van  haciendo sumisión. 

Contoneo frustrante, vaga la señal de transmisión. 

Cuarta y última vuelta, la de la sublimación. El deseo se siente y se  escucha cuando se vive el propio silencio. Y así, en silencio, dejan de  importar las cadenas, el calor ya no le toca, las orejas se rinden, y se  alcanza al corazón.