Un zapato izquierdo amarillo de mujer y un libro incendiándose. 

– A mi amor y a todos los habitantes de la niebla, comunico a  

ustedes que hoy he decidido morir, en medio de esta afrenta de  

recuerdos guerrilleros y amorosos que no dan paz a la memoria,  

desconozco cuál será el paradero de mi cuerpo, pero creo  

firmemente que esta acción servirá como protesta pues nadamos  sobre el polvo de una ciudad inexistente, la vida me aborda de tal  forma que no tengo más luchas por pelear, si en todas me he visto  muerta. Esto no es un acto de cobardía compañeros, este silencio  es una protesta, un grito ahogado que ya no contiene palabras, la  celda se hace chica, observo el cielo amarillento y las hojas de los  

árboles quemadas. ¿Sabes? Hoy leí algo “Los ciegos tienen los ojos  hacia dentro. Tienen suerte”. 

Un telón de pestañas. Dos manos entrelazadas. Otro par libres,  

gesticulan. 

– Arriba hay demasiados verbos, demasiados adjetivos, ¿Dónde  

quedó la cocinera? Tanta familia y los buenos modales. Pásame el  

pan. Abajo la niña, metida en la mesa, bajo el mantel blanco, evitando  las piernas que se cruzan, esa era yo ¿Viste? Escondida entre zapatos,  entre las sillas, pensando en un tren que me llevaba por el mundo.  Abajo la niña, no hables tan fuerte, decían. No grites en las noches,  mientras el viejo entra borracho tocando las paredes para no caerse.  Salud, un brindis porque la familia está reunida. El cuerpo púrpura  salpica la mejilla de mi madre. Expuesta. Tanta comida. Tantas risas  forzadas. No hagas gestos o te va a quedar la cara chueca. Abajo el  silencio. Los amigos de luz de los ojos entornados bajo el telón de  mis pestañas. Tanta hambre. Las sirenas me espantan todavía más. Y  Abajo, las medias de mi abuela sin rasgaduras, siempre lisas, como  sus piernas, cancha limpia para la caricia. 

Una mano muerde la palma de otra mano. 

– Si me quitan mi nombre, si me tiran muerta en una esquina,  

levántame, límpiame el rostro y cierra mis ojos. Sigo despeinada,  tengo mugre que no se quita, mira mis uñas o el vacío de las copas,  o de los bolsos, tanta hambre ¿Dónde está la cocinera? 

Quisiera hablar de amor, pero me distraigo. 

Una puerta, un saco gris y un barco. 

– En serio, el océano se volcó sobre las piedras, un día levantó sus  aguas y viajó con ellas hasta perderse de vista, ahora las costas  

buscan al mar y a todos sus barcos y retroceden de vez en cuando  a ver si volvió la marea, pero no hay nada. Mar nuestro de cada día,  ¿Dónde estás y a dónde te has llevado los peces? Los más viejos  rezaban todavía. En el cerro hasta arriba, caminamos juntos durante  horas, con la cara cubierta, nos llevaron a soñar bien alto, para que nadie de abajo escuchara, nos traían con las manos atadas,  allá arriba los montes hablan con el cielo, te digo, no es cosa del  hambre, es cierto que el viento y las hojas hablan cuando arden,  pero nosotros no decíamos nada. Partí a las cuatro de la tarde, y  la casa se desdobló detrás de mí, viajé en el 0863277. Nunca se  

olvida el número de carro que te lleva. Armas bravas. Nos tomaron  a todos te digo, paso tranquilo, ojos cerrados, cara cubierta, el  miedo en el cuello de la camisa. Prisioneros de Guerra. En el monte  sus sombras caminaban nerviosas sobre troncos flotantes, nuestros  pensamientos moscas zumbaban su cabeza. El agua se les va  acabar, te digo, porque no es suya. Allá arriba también se entierran  cosas, uno cree que sube, pero en realidad vas metiéndote a la  tierra. Se les acabaran las ganas de seguir acá, escondidos, no  saben porque andan a hurtadillas, topos más ciegos ellos que  nosotros con la venda. Un día, me acuerdo, en medio del desierto  me encontré con un barco abandonado, nos llevaban a cortar leña  con el sol en los ojos, sin ver casi, sentí que chocaba contra una  montaña-puntapié, avisándome que alistara mis cosas, un avión con  destino desconocido. La verdad esperando con las piernas abiertas.  No le dije adiós a nadie, no pude. 

Un árbol. 

– Te conocí buscando el mar, es que nadie lo encontraba. Lo mismo  que la seguridad y los chistes, y la bandera, ¿te acuerdas? La sal  envejeció nuestras manos, a todos los tirados por la borda, los  buscábamos también, vuélvete a casa, decían. 

– Y mi cartera de flores, la de antes donde se guardaba la pena, esa  que te da olvidar. Fuimos juntos, y en las fosas nasales el aire que te  deja respirar, y trepa, y ya nada se oye, solo una entrada y una salida.  La gente aprendió a cerrar la boca, a meter las manos a los bolsillos  y andarse cada día a mirar de ventana a ventana otro edificio,  mientras no se prenda fuego, las manos al papel, el bolígrafo, la  firma, la sonrisa forzada, le va a quedar la cara chueca le dije. – Volví para buscarte, bajo un pañuelo, bajo el árbol crecido junto  a tu cuerpo, te encontré todavía con la verdad entre las piernas,  cancha limpia donde la vida se levanta.