Lucia Delgado
Escenario a oscuras.
Un foco de luz se enciende a un costado, iluminando una silla vieja de madera descolorida. Sus patas están medio torcidas. Sobre el asiento se encuentran papeles escritos y arrugados, algunos también están tirados por el piso, a su alrededor, junto con colillas de cigarrillos pisoteadas.
De la completa oscuridad del lado opuesto del escenario, llega el sonido de una voz que entremezcla balbuceos, gemidos dolorosos, llanto e insultos. No se reconocen palabras claras, solo formas sonoras.
En la penumbra comienza a vislumbrarse una tela negra que se arrastra lentamente por el escenario. De ella salen los sonidos. La tela se arrastra, como se arrastraría una persona herida y dolorida, en dirección a la silla.
Se mueve despacio entre las colillas y papeles, que suenan con su roce. Se detiene frente a la silla. De la tela sale una pierna de mujer joven, con la piel firme y brillante. Apoya parte del muslo sobre el asiento. Sobresale su pie hacia arriba. Siguen los sonidos. La pierna acompaña los movimientos y la respiración de la tela. Luego sale otra pierna igual, y se apoya de manera similar en el lado opuesto de la silla.
Un par de piernas ancianas, de pieles arrugadas, con alguna cicatriz y unas cuantas varices, salen de la tela acomodándose en los espacios restantes, con una respiración lenta y profunda.
Las cuatro piernas se empiezan a mover de manera organizada, parecen las patas de una araña. El cuerpo de tela negra acompaña el movimiento de esas piernas que tratan torpemente de desplazarse por la silla, tirando algunos de los papeles sobre su asiento.
La tela se queda quieta y calla. Su respiración invade la sala. Luego dice con voz seria y firme:
-Le di el tiempo, mi tiempo.
Vuelven los sonidos. Las piernas se mueven de modo muy lento, acomodándose como si estuvieran sentadas. El cuerpo de tela se endereza. Luego de un pequeño silencio dice:
-Se me pegó en cada hebra. Olor suave de chica correcta.
Las piernas se entrecruzan, se acarician entre sí. Se escucha una pequeña risa. Juegan.
-Se me pegó en cada piel. El sonido vibrante en el momento justo.
Ahora tiemblan. La tela se agita. Nerviosa enciende un cigarrillo, fuma un par de pitadas y larga una gran bocanada de humo. Se la escucha fumar entre sollozos.
Con una actitud más violenta las piernas comienzan a refregarse entre sí. Se empiezan a lastimar, se raspan, se pegan, las pieles rojas y doloridas.
– Todo el tiempo. Cargarla. Sentirla.
La tela comienza a prenderse fuego. Arde lentamente a medida que el humo crece. Las piernas estremecidas se retuercen intentando que el fuego no las alcance.
-No desaparecían el olor, la chica, lo correcto, el sonido, el momento. La piel. La piel.
El fuego comienza a tomar el respaldo de la silla. El cuerpo de tela comienza a desaparecer entre las llamas. Las piernas se aquietan. El fuego lentamente empieza a quemar las piernas.
-No había otra forma.
Se queman también las patas de la silla. El humo es cada vez mayor. La sala comienza a oler a carne asada, a madera quemada y a cigarrillo.
– Ella no desaparecía. Nunca desaparecía. Desaparecía yo, todo el tiempo.
La luz se apaga, el escenario se ve iluminado por el fuego. Poco a poco se empiezan a consumir hasta extinguirse la silla, las piernas, la tela. Quedan cenizas, algunas brazas encendidas, un trozo pequeño de tela y la punta de un pie chamuscado.