Dos palos bien plantados en la tierra con una cuerda de tender la ropa. El cielo tiene nubes espesas, condensadas, muy altas, pero también un fondo azul zafiro con matices que van del cobalto a un fucsia púrpura. El viento marino no para de moverlo todo: hojas pálidas, arenas de un amarillo sucio, verdes pastos, diminutos pajaritos de cabecitas coralinas. Babas del diablo que se enroscan en las rejas oxidadas, estallidos de sombras se desparraman y desaparecen en segundos. El ojo de una liebre muy grande, que tiene su cueva cerca de la casa, registra lo movido, lo quieto, la cuerda suspendida e inmóvil, que sostiene todavía unos trapos. Una sábana blanca con dos iniciales bordadas con letra gótica, muy elegantes, de un azul índigo; se lee F punto K…
Sorprende ver lo lejos que está bordado el último punto de esta letra.
Cuando llega la noche, el punto índigo distante es un diamante aguamarina negro; brilla con todo lo que brilla en la playa. Se desliza por la sábana, y al tocar el suelo, el oleaje se escucha con fuerza, y los primeros espectadores reciben un tenue rocío desde arriba.
Fin