Beatrice D’ustacchio, famosa cantante de ópera, se encuentra en su camarín realizando sus ejercicios de vocalización antes de salir a escena. Se encuentra sola en aquella habitación de iluminación cálida; con mirada melancólica se mira en el espejo mientras entona de una manera extraordinaria siguiendo sus ejercicios sistemáticos que realiza antes de cada función.
Tocan su puerta anunciando su salida, se mira por última vez al espejo y actúa su mejor sonrisa. Sale a escena se ubica en el centro del escenario donde un tacho de luz la ilumina; es aplaudida ovacionada. Con una cálida sonrisa, se lleva sus manos al corazón y estira los brazos mostrándose agradecida. Respira y cierra los ojos.
La tapa de su cabeza se abre, adentro una orquesta en escala miniatura se encuentra preparada para dar inicio al show.
El director que se encuentra de espalda al público levanta la batuta con la mano derecha y al bajarla comienzan a sonar los instrumentos entonando una bella melodía.
La mujer abre los ojos nuevamente, realiza una respiración, aún más profunda, tan profunda que su torso se ensancha duplicando su volumen y comienza a cantar. Mueve sus brazos con expresividad, por momentos su voz se tiñe de tintes metálicos que resuenan como ecos de canto de sirenas.
La orquesta sigue tocando. Las notas se apoderan del lugar.
La mujer se da vuelta, en su espalda un fantasma, con una máscara lúgubre y un manto blanco comienza a interpretar y continuar la canción cambiando el tono de voz.
Se vuelve a dar vuelta y aparece la mujer, se vuelve a dar vuelta y aparece el fantasma, se vuelve a dar vuelta y aparece la mujer.
Los movimientos se transforman en persecución mientras canta uno, luego el otro y así sucesivamente.
El fantasma persigue a la mujer. La mujer toma protagonismo y de frente al público comienza a cantar la última estrofa de la canción, con uno de sus brazos arranca al fantasma y lo lleva hacía el frente donde comienza a ahorcarlo, este parece resistirse, aunque termina desistiendo.
La mujer se arrodilla apoyándolo levemente en el piso y acaricia su rostro. Su voz y los instrumentos se fusionan dando un final.
Ella se incorpora, el director de orquesta saluda haciendo una reverencia, luego la mujer.
Apagón