Una calle de tierra en un viejo pueblo. El campanario da catorce campanadas. Montes y llanura alrededor. Un chajá sobrevuela cerca. Una joven camina a su propio ritmo, sola.

Mujer Joven: – ¿Cuándo será? Nadie llegó al final…

Avanza por la calle, hasta entrar a un boliche de campo. La luz del sol apenas entra por las ventanas y el polvo del lugar se deja entrever a través de sus haces.

Mujer Joven: – Hola. ¿Don Enrique?

Aplaude y espera. Nadie aparece.

Mujer Joven: – ¿Don Enrique anda por ahí? Una leche nomás necesito…

Espera y Don Enrique no aparece. Va a la heladera, toma una caja de leche en polvo, dejá 5.000 australes en el mostrador y sale. En la vereda, mirá la calle hacia ambos lados, espera, vuelve a mirar y esperar, y finalmente cruza. Una leve brisa recorre el aire y polvo seco se levanta del suelo. La joven atraviesa un alambrado y se adentra en el campo. Camina por entre los pajonales.

Mujer Joven: – Si se habrá visto tanta tontería… Andar sola.

De repente, siente que algo la roza en la espalda y en un movimiento rápido gira su cabeza buscando lo que la rozó. Nada. Sigue caminando campo adentro. Llega hasta unas vacas, que echadas a la sombra de los eucaliptos, comen pasto.

Mujer Joven: – Hola vaquitas. Con su permiso.

Las vacas giran todas sus cabezas y la miran con fijeza. Esas miradas vacunas hondas, que se meten dentro de uno y se arrogan con justeza el acto de saber lo que esencialmente hay que saber. Ella quita unos cardos, se echa y se dispone a dormitar. El sol caldea la entre tarde y se cuela cálido por entre los ramales. Algunos pastizales se mueven repentinos. De entre ellos, algo asoma. La joven se asusta y se incorpora. Las vacas siguen su retozar indiferentes.

Mujer Joven: – ¿Quién anda? Preséntese.

De repente, el mismo algo se mueve detrás suyo. Mira buscando pero nada ve. Hasta que de repente, ve una cabellera blanca posarse en su hombro derecho. Casi inmóvil y sin sacarle la vista de encima, acerca su mano izquierda para tocar ese pelo canoso.

No gira su cabeza. La cabellera, abundante y ralea, sigue allí. La toca. Ahora, al lado oye un susurro.

Cabellera: – Si anda sola, es porque lo ha querido. Mujer Joven: – Por favor, váyase.

Cabellera: – ¿No andaba esperando lo que nunca llegó?

La Joven se pone de pie y la Cabellera se pierde en los pastizales. Cuando levanta su mirada, ve que las vacas se han puesto de pie y la han rodeado, mirándola fijo otra vez. Intenta caminar entre ellas, que están dispuestas en un círculo casi perfecto, pero éstas le cierran el paso, inmutables.

Mujer Joven: – Shhh, fuera carajo…. Sooooo.

De repente, un par de brazos y manos ancianas la abrazan por detrás, fuertemente. Ella intenta sacárselos de encima pero no lo logra. Forcejea. Las manos ancianos le toman el rostro por su quijada, mientras los brazos traban cualquier movimiento que pueda hacer el tronco de la joven. Una pierna anciana se introduce entre las piernas de la joven, inmovilizándola también. Ella puede ver una falda con pliegues sobre la pierna anciana.

Mujer Joven: – Por favor, suélteme. Se lo ruego. Ya me vuelvo al pueblo, lo juro por mi madre.

Una de las manos ancianas, le da un cachetazo. La otra mano le mueve su rostro y le hace mirar las vacas. La cabellera blanca asome nuevamente por su hombro derecho; logra ver ahora el refilar de una nariz arrugada.

Cabellera y Nariz Vieja: – Mire muchacha. Observe atenta que ya ha mirado bien en vano. ¿Ellas esperan? Mírelas. Inmóviles. Siempre igual, de un lado al otro arriadas, comer, echarse, retozar y volver a comer.

Todo el Algo Anciano -cabellera, nariz, manos, brazos y pierna ancianas- la llevan a la fuerza hacia las ubres de una vaca. Le ponen sus ojos a centímetros.

Algo Anciano: – Acá está lo que esperabas.

Mujer Joven: – No quiero mirar.

Algo Anciano: – Nunca has mirado. Por una vez que mires… Mujer Joven: – Son ubres.

Algo Anciano: – ¿Sólo eso?

El Algo Anciano mira a la caja de leche en polvo. Ésta, que estaba tirada en el pasto, se incorpora y se arrastra por el suelo entre los pajonales hasta la Mujer Joven y el Algo Anciano y salta a la palma de una de las manos ancianas. La mano coloca la caja de leche en polvo frente al rostro de la Joven. Ésta lo mira. La caja empieza a hincharse. Implosiona, desparramando todo el polvo en el rostro, cabello y cuerpo de la Joven. La ubre de la vaca empieza a gotear leche, cada vez más fluidamente. La tierra a su alrededor se va llenando de leche, como en un zanjón al lado del camino.La hora de la siesta se ha vuelto gris, neblinosa.

La Joven logra zafarse del Algo Anciano, pisotea la leche espesa y se aleja. Empieza a sacarse el polvo de encima. Vuelve a mirar y ve a las vacas echadas nuevamente, dispersas por el campo. Mira a su alrededor y no ve a nadie más. Un calor agobiante ahora le pegotea sus ropas mojadas al cuerpo. Camina por el campo.

Mujer Joven: – Virgencita de los Milagros… Te pido me ayudes.

Se detiene al lado de un molino y se quita su ropa. Desnuda, enjuaga las prendas en el tanque de agua.

Mujer Joven: – Si yo no quería esto. El tiempo se viene encima y después se queda atorado.

Ve a su lado otra mujer, joven, que la ayuda a lavar. Es igual a ella, aunque más joven.

Mujer Joven: – Hola…

Mujer más Joven: – Hola… Yo sí quería eso: alguien que me saque de la hondura. Mujer Joven: – Volar un poquito ¿no? Pero ahí quedamos, revoloteando como el tero… Mujer más Joven: – … cuidando siempre el nido en la llanura.

Mujer Joven: – ¿Eso era? Si se fue, y nunca más volvió. Y ahí quedamos. Ahí quedé. Mujer más Joven: – ¿Y ahora qué? Elijamos aletear, volar, despegar y todas esas cosas lindas que dicen por la radio ¿Pero cómo? Ya no hay tiempo. Criar, alimentar, zurcir, saludar, cocinar, guardapolvos, geriátricos, frazadas, estufa, los vecinos, elquedirán,

crecer, ser señora, frío en el comedor, arriar el ganado…

La mujer más joven prosigue cada vez con mayor frenesí, sus palabras se deforman, se hacen guturales, graves, la ropa que ella lava empieza a desgarrarse. En el mismo frenesí, empieza a frotarse sus muslos con las ropas mojadas… Luego sus entrepiernas

Sus movimientos son mecánicos, feroces y jadeantes. La Mujer Joven solo puede mirar hasta que rompe en llantos. Sale corriendo.

Ve a lo lejos un cuerpo pequeño acercarse. La noche acapara la totalidad, con estrellas titilantes que alumbran su andar. El cuerpo pequeño tiene un halo de luz fluorescente, vibrante. Encandilada por dicha luz emanada, intenta descubrir qué es. De repente, está en la calle de tierra del pueblo, que sigue desolado. Está del otro lado del alambrado. El cuerpo iluminado se acerca.

Mujer Joven: – ¿Hijo?

No hay más luz en el cuerpo pequeño.

Hijo: – Madre. La estaba buscando. ¿Qué tiene en su mano?

Ella se mira la mano y ve una fotografía. La mira. Se la muestra a su hijo. Se ve una mujer anciana sonriendo en un monte, rodeada de niños jugando. Abraza a su hijo.

Mujer Joven: – Extraño a la bisabuela, hijito.

Hijo: – Yo nunca la voy a dejar madre. Venga, vamos a casa. Mujer Joven: – Mañana nos vamos, hijo.

Hijo: – Si usted lo quiere, mamá…

Caminan por la calle sola. Don Enrique saluda desde el boliche. Desaparecen en la oscuridad.

FIN.